7 de diciembre de 2010

Dos poemas de Fernando Pessoa


[49]

[No: despacio]


No: despacio.
Despacio, porque no sé
a dónde quiero ir.
Hay entre mí y mis pasos
una divergencia instintiva.
Hay entre quien soy y estoy
una diferencia de verbo
que corresponde a la realidad.

Despacio.
Sí, despacio...
Quiero pensar lo que quiere decir
este despacio...

Tal vez el mundo exterior tenga demasiada prisa.
Tal vez el alma vulgar quiera llegar más pronto.
Tal vez las impresiones del momento sean muy cercanas.

Todo eso, tal vez...
Pero lo que me preocupa es esta palabra: despacio...
¿Qué es lo que tiene que ser despacio?
A lo mejor, el universo...
Dios manda que se diga la verdad.
Pero esto, ¿alguien se lo ha oído a Dios?


[50]

[Los antiguos invocaban a las Musas]


Los antiguos invocaban a las Musas.
Nosotros nos invocamos a nosotros mismos.
No sé si las Musas aparecían
—sería, sin duda, según lo invocado y la invocación—,
pero sé que nosotros no aparecemos.
Cuantas veces me he asomado
al pozo que supongo ser
y he balado ¡ah! para escuchar un eco
no he oído más de lo que he visto:
el vago albor oscuro con que el agua resplandece
allá en la inutilidad del fondo...
Ningún eco hacía mí...
Tan sólo, vagamente, un rostro,
que acaso sea el mío porque no puede ser el de otro.
Algo apenas visible
si no fuera porque veo luminosamente
allá en el fondo...,
en el silencio y en la falsa luz del fondo.

¡Qué musa!...





Fernando Pessoa, Poemas fechados.

Ondas de radio


para Antonio Machado



La lluvia ha cesado, y la luna ha salido.
No entiendo nada de las ondas de radio.
Pero creo que se transmiten mejor justo
después de llover, cuando el aire está húmedo.
En cualquier caso, ahora puedo coger Ottava, si quiero,
o Toronto. Últimamente, de noche, me sorprendo
ligeramente interesado por la política canadiense
y sus asuntos internos. Es verdad. Pero normalmente
lo que buscaba eran sus emisoras con música. Me siento
aquí en la butaca y escucho, sin tener nada que hacer,
o pensar. No tengo televisor, y dejé de leer
los periódicos. De noche pongo la radio.
Cuando escapé aquí trataba de alejarme
de todo. Especialmente de la literatura.
De lo que ella entraña, y de lo que trae a rastras.
Hay en el alma un deseo de no pensar.
De estar quieto. Emparejado con éste,
un deseo de ser estricto, sí, y riguroso.
Pero el alma también es una afable hija de puta
no siempre de fiar. Y olvidé eso.
Escuché cuando dijo: Mejor cantar a lo que se ha ido
y nunca volverá que a lo que aún sigue
con nosotros y estará con nosotros mañana. O no.
Y si no, también está bien.
Tampoco importa demasiado, dijo, si un hombre nunca canta.
Esa es la voz que escuché.
¿Puede imaginarse que alguien piense cosas así?
¡Qué absurdo!
Pero tengo estas estúpidas ideas de noche
cuando me siento en la butaca y oigo la radio.
Entonces, Machado, ¡su poesía!
Era como un hombrecillo mayor que se vuelve
a enamorar. Una cosa digna de observar,
y embarazoso, además.
Y llevo tu libro a la cama conmigo
y me duermo con él a mano. Un tren pasó
en mis sueños una noche y me despertó.
Y lo primero que pensé, el corazón acelerado
allí en el dormitorio a oscuras, fue esto:
Todo es perfecto, Machado está aqui.
Entonces me volví a dormir.
Hoy llevé tu libro conmigo cuando salí
a dar mi paseo. "¡Presta atención!" -decías,
cuando alguien preguntó qué hacer con su vida.
Conque miré alrededor y tomé nota de todo.
Luego me senté al sol, en mi sitio
de junto al río desde donde puedo ver las montañas.
Y cerré los ojos y escuché el sonido
del agua. Luego los abrí y me puse a leer
"Abel Martín".
Esta mañana pensé mucho en ti, Machado.
Y espero, incluso cara a lo que sé de la muerte,
que recibirás el mensaje que pretendo enviarte.
Pero está bien aunque tú no lo recibas. Que duermas bien.
Descansa. Antes o después espero que nos veamos.
Y entonces yo podré decirte estas cosas directamente.


Raymond Carver
En Bajo una luz marina, Visor.

2 de diciembre de 2010

El rey de las ruinas


Estoy en la miseria Dios mío qué te importa

Ya mi casa es un dulce terraplén de locura

Un vuelo de lechuzas un río con el fondo

lacrado en mi semblante... ¡Dios mío qué te importa!

Mi casa es un relincho de muerto monocromo

cuna de remembranza gran rincón de dolor

Allí ya no se duerme si no es para gritar

con una boca hambrienta de espesas esperanzas

Flores ayer y hoy sus faldas son escombros

Mi rostro de color negro aguanta la puerta

y al fin no sé qué hacer con tanta fotocopia

¡Estoy en la miseria! Se dice la miseria

y nada es la miseria... ¡Dios mío qué miseria!

Por el resuelto abismo subo las escaleras

del torreón oculto para pedir limosna

Entro llamo ay ay ¡Señorito! ¡Ay! ¡Ay!

No puede ser así usted no se parece

¡Aparición! ¿Quién soy? Te pido yo una cama

para abrigar mis labios con un sueño anticuado

No te pongas así no te asustes de mí

¡Ayaymiseñoritoustedyanoeselmismo!

Parece usted de veras un cansado harapiento

Me da pena su ombligo lleno de soledad

Ropa y candela dióme y cené con la vieja

con la comadre atónita que mientras como reza

Riendo yo le explico «Soy el rey de las ruinas»

Y ella plasma un quejido «¿Qué es eso señorito?»






(Madrid, 1947)

Carlos Edmundo de Ory