16 de octubre de 2012

Los sonetos de la muerte

 
                                     I

 

    Del nicho helado en que los hombres te pusieron,
te bajaré a la tierra humilde y soleada.
Que he de dormirme en ella los hombres no supieron,
y que hemos de soñar sobre la misma almohada.

    Te acostaré en la tierra soleada con una
dulcedumbre de madre para el hijo dormido,
y la tierra ha de hacerse suavidades de cuna
al recibir tu cuerpo de niño dolorido.

    Luego iré espolvoreando tierra y polvo de rosas,
y en la azulada y leve polvareda de luna,
los despojos livianos irán quedando presos.

    Me alejaré cantando mis venganzas hermosas,
¡porque a ese hondor recóndito la mano de ninguna
bajará a disputarme tu puñado de huesos!


II

 
    Este largo cansancio se hará mayor un día,
y el alma dirá al cuerpo que no quiere seguir
arrastrando su masa por la rosada vía,
por donde van los hombres, contentos de vivir...

    Sentirás que a tu lado cavan briosamente,
que otra dormida llega a la quieta ciudad.
Esperaré que me hayan cubierto totalmente...
¡y después hablaremos por una eternidad!

    Sólo entonces sabrás el por qué no madura
para las hondas huesas tu carne todavía,
tuviste que bajar, sin fatiga, a dormir.

    Se hará luz en la zona de los sinos, oscura;
sabrás que en nuestra alianza signo de astros había
y, roto el pacto enorme, tenías que morir...


III
 

    Malas manos tomaron tu vida desde el día
en que, a una señal de astros, dejara su plantel
nevado de azucenas. En gozo florecía.
Malas manos entraron trágicamente en él...

    Y yo dije al Señor: -"Por las sendas mortales
le llevan. ¡Sombra amada que no saben guiar!
¡Arráncalo, Señor, a esas manos fatales
o le hundes en el largo sueño que sabes dar!

    ¡No le puedo gritar, no le puedo seguir!
Su barca empuja un negro viento de tempestad.
Retórnalo a mis brazos o le siegas en flor"

    Se detuvo la barca rosa de su vivir...
¿Que no sé del amor, que no tuve piedad?
¡Tú, que vas a juzgarme, lo comprendes, Señor!



Gabriela Mistral

22 de marzo de 2012

Póntica

Al otro pertenecen

Las escenas que guarda tu memoria:

Imágenes confusas

Que el óxido del tiempo deteriora.


Otro es el que las sueña

Desde un ayer de rabia silenciosa.


Muere con ellas una lengua exangüe

Y una causa llamada a la derrota.


Y tú envejeces lejos,

En el destierro de la tierra toda,

Entre voces ajenas

Y soledades próximas,

Perdiendo cada día y rescatando

Los colores, las líneas y las formas

De un mundo ajeno que creíste tuyo

Y alzando en torno de su ausencia torva

Gastados laberintos de palabras,

Una mansión decrépita y angosta,

Una torre, un brocal, quizá una vida.


Del otro son los sueños que custodias.



*Jon Juaristi

20 de marzo de 2012

Sylva


Finita, ayer, mi corazón te dijo.

Y aún principio no tenías

y aún no estás en el principio

y siempre eres anuncio del principio.

Intacta, fortificante piedra.

Mundos, furor nítido,

heridas innúmeras excelsas.

Cuerpos y ojos en joyero y cuna, cuerpos

cándidos, células

de activas nieves,

móviles cuerpos ternuras

en la mano, terror

en el alma, bruñidas

fosforescencias sobre tormentas y fallas. Yo

yo os reclamo, yo soy.

Todo aún: otras irisadas vivaces

tentaculares psiques,

otros escombros llenos de semillas,

otros misterios latentes, todo

aún

todo por consumar y por servir.

No tiene principio el amor.

“Ahora torna el año, sobre este cerro…”


Y frondas foscas sombrío en el fondo

del bosque, del único bosque,

del bosque eterno me hacen, me viven,

me murmuran

en miles de coros oscuros.



*Andrea Zanzotto


Traducción de José Luis Fernández Castillo