22 de marzo de 2012

Póntica

Al otro pertenecen

Las escenas que guarda tu memoria:

Imágenes confusas

Que el óxido del tiempo deteriora.


Otro es el que las sueña

Desde un ayer de rabia silenciosa.


Muere con ellas una lengua exangüe

Y una causa llamada a la derrota.


Y tú envejeces lejos,

En el destierro de la tierra toda,

Entre voces ajenas

Y soledades próximas,

Perdiendo cada día y rescatando

Los colores, las líneas y las formas

De un mundo ajeno que creíste tuyo

Y alzando en torno de su ausencia torva

Gastados laberintos de palabras,

Una mansión decrépita y angosta,

Una torre, un brocal, quizá una vida.


Del otro son los sueños que custodias.



*Jon Juaristi

20 de marzo de 2012

Sylva


Finita, ayer, mi corazón te dijo.

Y aún principio no tenías

y aún no estás en el principio

y siempre eres anuncio del principio.

Intacta, fortificante piedra.

Mundos, furor nítido,

heridas innúmeras excelsas.

Cuerpos y ojos en joyero y cuna, cuerpos

cándidos, células

de activas nieves,

móviles cuerpos ternuras

en la mano, terror

en el alma, bruñidas

fosforescencias sobre tormentas y fallas. Yo

yo os reclamo, yo soy.

Todo aún: otras irisadas vivaces

tentaculares psiques,

otros escombros llenos de semillas,

otros misterios latentes, todo

aún

todo por consumar y por servir.

No tiene principio el amor.

“Ahora torna el año, sobre este cerro…”


Y frondas foscas sombrío en el fondo

del bosque, del único bosque,

del bosque eterno me hacen, me viven,

me murmuran

en miles de coros oscuros.



*Andrea Zanzotto


Traducción de José Luis Fernández Castillo

5 de octubre de 2011

Monólogo


En la noche glacial intenté encender un fuego,

pero la noche era fría, oh, qué negra y desolada.

Y así, para mantener el fuego vivo en tal rigor

algo más siempre era preciso con que lo alimentara.

Así como el monje vagabundo que reúne leña en las tinieblas,

arrojaba yo en aquel fuego mis miembros sin descanso,

mas como no fueran suficientes, después de ellos

a las llamas comencé a entregar jirones de mi alma.


Pues otro modo no existía, no, imposible que lo hubiera,

pues preciso era que alguien sostuviera aquella llama.

A la delirante luz que sólo el oleoso pábilo procura,

brillaban en derredor amenazantes figuras, y temblaban.

Tal vez las vierais, algo distinguisteis acaso,

en torno a mí la noche de tinieblas y de lobos se poblaba.

Pues todos sofocar pretendían aquel fuego,

unos por maldad, tantos por ignorancia.


Otros en lo alto de colinas bañadas por el sol,

sus hogueras avivaban y reían con desprecio,

incapaces de entender lo que aquí dentro sucedía,

cuánto esfuerzo requiere una llama nacida en la negrura.

Cansado, alguna vez llegué a pensar: dejaré que se extinga.

Ya que me repudian, caiga de una vez la noche eterna.

Mis ciegos ojos quedarán tal vez de esa manera

en la oscuridad completa sin que nadie los perturbe.


Mas de nuevo algo me empujaba a alzarme cual sonámbulo,

como el monje desolado que reúne leña en las tinieblas,

y sobre el fuego a arrojar mis miembros congelados,

y los jirones uno a uno arrojarle de mi alma.~



Ismaíl Kadaré

1984

Versión de Ramón Sánchez Lizarralde