5 de octubre de 2011

Monólogo


En la noche glacial intenté encender un fuego,

pero la noche era fría, oh, qué negra y desolada.

Y así, para mantener el fuego vivo en tal rigor

algo más siempre era preciso con que lo alimentara.

Así como el monje vagabundo que reúne leña en las tinieblas,

arrojaba yo en aquel fuego mis miembros sin descanso,

mas como no fueran suficientes, después de ellos

a las llamas comencé a entregar jirones de mi alma.


Pues otro modo no existía, no, imposible que lo hubiera,

pues preciso era que alguien sostuviera aquella llama.

A la delirante luz que sólo el oleoso pábilo procura,

brillaban en derredor amenazantes figuras, y temblaban.

Tal vez las vierais, algo distinguisteis acaso,

en torno a mí la noche de tinieblas y de lobos se poblaba.

Pues todos sofocar pretendían aquel fuego,

unos por maldad, tantos por ignorancia.


Otros en lo alto de colinas bañadas por el sol,

sus hogueras avivaban y reían con desprecio,

incapaces de entender lo que aquí dentro sucedía,

cuánto esfuerzo requiere una llama nacida en la negrura.

Cansado, alguna vez llegué a pensar: dejaré que se extinga.

Ya que me repudian, caiga de una vez la noche eterna.

Mis ciegos ojos quedarán tal vez de esa manera

en la oscuridad completa sin que nadie los perturbe.


Mas de nuevo algo me empujaba a alzarme cual sonámbulo,

como el monje desolado que reúne leña en las tinieblas,

y sobre el fuego a arrojar mis miembros congelados,

y los jirones uno a uno arrojarle de mi alma.~



Ismaíl Kadaré

1984

Versión de Ramón Sánchez Lizarralde

18 de julio de 2011

Ulises


De nada sirve que viva como un rey inútil

junto a este hogar apagado, entre rocas estériles,

el consorte de una anciana, inventando y decidiendo

leyes arbitrarias para un pueblo bárbaro,

que acumula, y duerme, y se alimenta, y no sabe quién soy.

No encuentro descanso al no viajar; quiero beber

la vida hasta las heces. Siempre he gozado

mucho, he sufrido mucho, con quienes

me amaban o en soledad; en la costa y cuando

con veloces corrientes las constelaciones de la lluvia

irritaban el mar oscuro. He llegado a ser famoso;

pues siempre en camino, impulsado por un corazón hambriento,

he visto y conocido mucho: las ciudades de los hombres

y sus costumbres, climas, consejos y gobiernos,

no siendo en ellas ignorado, sino siempre honrado en todas;

y he bebido el placer del combate junto a mis iguales,

allá lejos, en las resonantes llanuras de la lluviosa Troya.

Formo parte de todo lo que he visto;

y, sin embargo, toda experiencia es un arco a través del cual

se vislumbra un mundo ignoto, cuyo horizonte huye

una y otra vez cuando avanzo.

¡Qué fastidio es detenerse, terminar,

oxidarse sin brillo, no resplandecer con el ejercicio!

Como si respirar fuera la vida. Una vida sobre otra

sería del todo insuficiente, y de la única que tengo

me queda poco; pero cada hora me rescata

del silencio eterno, añade algo,

trae algo nuevo; y sería despreciable

guardarme y cuidarme el tiempo de tres soles,

y refrenar este espíritu ya viejo, pero que arde en el deseo

de seguir aprendiendo, como se sigue a una estrella que cae,

más allá del límite más extremo del pensamiento humano.



Éste es mi hijo, mi propio Telémaco,

a quien dejo el cetro y esta isla.

Lo quiero mucho; tiene el criterio para triunfar

en esta labor, para civilizar con prudente paciencia

a un pueblo rudo, y para llevarlos lentamente

a que se sometan a lo que es útil y bueno.

Es del todo impecable, dedicado completamente

a los intereses comunes, y se puede confiar

en que sea compasivo y cumpla los ritos

con que se adora a los dioses tutelares

cuando me haya ido. Él hace lo suyo, yo, lo mío.



Allí está el puerto; el barco extiende sus velas;

allí llama el amplio y oscuro mar. Vosotros, mis marineros,

almas que habéis trabajado y sufrido y pensado junto a mí,

y que siempre tuvisteis una alegre bienvenida

tanto para los truenos como para el día despejado, recibiéndolos

con corazones libres e inteligencias libres, vosotros y yo hemos envejecido.

La ancianidad tiene todavía su honra y su trabajo.

La muerte lo acaba todo: pero algo antes del fin,

alguna labor excelente y notable, todavía puede realizarse,

no indigna de quienes compartieron el campo de batalla con los dioses.

Las estrellas comienzan a brillar sobre las rocas:

el largo día avanza hacia su fin; la lenta luna asciende; los hondos

lamentos son ya de muchas voces. Venid, amigos míos.

No es demasiado tarde para buscar un mundo nuevo.

Zarpemos, y sentados en perfecto orden golpeemos

los resonantes surcos, pues me propongo

navegar más allá del poniente y el lugar en que se bañan

todos los astros del occidente, hasta que muera.

Es posible que las corrientes nos hundan y destruyan;

es posible que demos con las Islas Venturosas,

y veamos al gran Aquiles, a quien conocimos.

A pesar de que mucho se ha perdido, queda mucho; y, a pesar

de que no tenemos ahora el vigor que antaño

movía la tierra y los cielos, lo que somos, somos:

un espíritu ecuánime de corazones heroicos,

debilitados por el tiempo y el destino, pero con una voluntad decidida

a esforzarse, buscar, encontrar y no rendirse.



Lord Alfred Tennyson



27 de junio de 2011

La ciudad


Dices: "Iré a otra tierra, hacia otro mar
y una ciudad mejor con certeza hallaré.
Pues cada esfuerzo mío está aquí condenado,
Y muere mi corazón
lo mismo que mis pensamientos en esta desolada languidez.
Donde vuelvo los ojos sólo veo
las oscuras ruinas de mi vida
y los muchos años que aquí pasé o destruí".

No hallarás otra tierra ni otro mar.
La ciudad irá en ti siempre. Volverás
a las mismas calles. Y en los mismos suburbios llegará tu vejez;
en la misma casa encanecerás.
Pues la ciudad es siempre la misma. Otra no busques -no la hay-
ni caminos ni barco para ti.
La vida que aquí perdiste
la has destruido en toda la tierra.



Constantino Cavafis