4 de enero de 2010

La Japonesa. Iosivara y Tamanoi (Fragmento)


"...Un padre borracho arrastra a su hijo, al que lleva cogido de la mano. El niño debe tener ocho años. Va vestido con unos pantaloncitos a la europea y un sombrero de fieltro peludo de anchas alas, como los que llevan los sacerdotes católicos. El padre se detiene ante cada puerta y le enseña la mujer que se halla expuesta. Ésta lo llama sonriendo y el pequeño, asustado, empieza a llorar y se niega a salir andando. El padre ríe a carcajadas, tira del niño y lo conduce hacia otra puerta.Yo camino con pasos rápidos. No puedo soportar este terrible espectáculo. Me detengo para comprar dos manzanas como si me pudieran hacer compañía e infundirme valor. Me esfuerzo en mirar sin miedo las terribles cabezas que, con el cuello alargado, aparecen asomadas a las taquillas cuadradas. Diríase que se hallan aprisionadas en una canga, ese aparato de tormento chino que, horadado con un agujero, inmoviliza el cuello del condenado. De esta forma, estas mujeres tienen el aspecto de llevar la puerta a sus espaldas, y con ella, la casa, Tamanoi, Tokio y toda la humanidad. Yo me siento culpable, ya que es por nuestra culpa, la culpa de todos los hombres, que estas mujeres asuman la más pesada responsabilidad. Cobardemente, las abandonamos en el lugar más peligroso de la batalla."




Nikos Kazantzakis

Del Monte Sinai a la isla de Venus

27 de noviembre de 2009

Máscaras


Todo lo que es profundo gusta de enmascararse, y las cosas más profundas odian hasta la imagen y la semejanza. ¿No sería tal vez el contraste la verdadera forma de vestido que preferiría el pudor de un Dios? He aquí una pregunta bien importante, y sería curioso que ningún mítico hubiera hecho tal tentativa. Hay procedimientos tan delicados, que se obra muy sabiamente escondiéndolos bajo una máscara de brutalidad para hacerlos incognoscibles; hay acciones inspiradas de tanto amor y de tan exuberante generosidad, que sería necesario hartar de palos a quien hubiere sido testigo ocular de las mismas; con esto se enturbiaría su memoria. Y aun algunos conocen el arte de enturbiarse a sí mismos la memoria y de maltratarla, para vengarse de este único cómplice de sus acciones. Es muy ingenioso el pudor. Y no son las cosas peores aquellas de que se tiene más vergüenza; detrás de una máscara no hay sólo perfidia, también puede haber bondad astuta. Yo me imaginaría a un hombre pudoroso como un tesoro precioso y frágil que atravesara por el mundo encerrado en una gran cuba de vino; así lo exige la delicadeza del pudor. Un individuo, cuyo pudor es profundo, halla sus destinos y sus más importantes resoluciones en caminos inaccesibles para los demás, y cuya existencia ignoran hasta sus amigos más íntimos; les oculta sus peligros mortales y también la reconquistada seguridad de vida. Semejante ser misterioso, que instintivamente se sirve de la palabra para callar y para disimular, y que es inagotable en medios de sustraerse a las respuestas, quiere y procura que en lugar de su persona se imprima su máscara en la mente y en el corazón de sus amigos; y aun suponiendo que no quiera, algún día verá que su máscara existe y que es bien que exista. Toda mente profunda necesita de una máscara; en torno de una mente profunda se va formando sin cesar una máscara, gracias a la interpretación constantemente falsa y superficial de todas sus palabras, de todos sus pasos, de toda señal de vida que de él emane.



Friedrich Nietzsche
Más allá del bien y del mal, cap.II, aforismo 40
Traducción: Pedros González Blanco

En Ignoria, biblioteca hogar

23 de julio de 2009

Arthur Schopenhauer-La música (fragmento)








El placer de todo lo bello, el consuelo que procura el arte, el entusiasmo del artista que le hace olvidar las fatigas de la vida, ese privilegio que tiene el genio sobre los demás y que le compensa del sufrimiento -incrementado en él en proporción a la claridad de la conciencia- y de la soledad que sufre en medio de una especie heterogénea, todo eso se debe a que, como se nos mostrará más adelante, el en sí de la vida, la voluntad, la existencia misma es un continuo sufrimiento tan lamentable como terrible; pero eso mismo, solo en cuanto representación, intuido de forma pura o reproducido por el arte, se halla libre de tormentos y ofrece un importante espectáculo. Este aspecto puramente cognoscible del mundo y su reproducción en cualquier arte constituye el elemento del artista. A él le fascina contemplar el espectáculo de la objetivación de la voluntad: se queda parado en él, no se cansa de contemplarlo y de reproducirlo en su representación, y entretanto él mismo corre con los costes de la representación de aquel espectáculo, es decir, él mismo es la voluntad que así se objetiva y permanece en continuo sufrimiento. Aquel conocimiento puro, profundo y verdadero de la esencia del mundo se convierte para él en un fin en sí mismo, y en él se queda. Por eso tal conocimiento no se convierte para él en un aquietador de la voluntad, como en el libro siguiente veremos que ocurre con el santo que ha llegado a la resignación; no le redime de la vida para siempre sino solo por un instante, y para él no constituye todavía el camino para salir de ella sino un consuelo pasajero en ella; hasta que su fuerza así incrementada, cansada finalmente del juego, se aferra a la seriedad. Como símbolo de este tránsito podemos considerar la Santa Cecilia de Rafael.






El mundo como voluntad y representación, libro III, 52
Traducción, introducción y notas de Pilar López de Santa María